Benito y Crispín fueron a una boda--Amanda Díaz de Hoyo

Crispín vio cómo Benito se escapaba, en las postrimerías del día, cuando ya todos se suponían que regresaran a comer algo y a descansar. Benito tenía entre ceja y ceja esa idea, la de irrumpir en el bodorrio de campo que se venía cuajando desde hacía meses.
 
Clara, la novia de esta historia era hija ilegítima de un señor muy conocido en el pueblo –don Berto-- quién al morir le dejó parte de una herencia que, por cosas de la vida, nunca llegó a ver. Pancho, el novio también era del pueblo, de familia humilde, decente, que con esfuerzo se había hecho contable. La boda era la alegría de ambos, la esperaban con ánimo, para mostrar en la sociedad costumbrista de los pueblos chicos de la isla, que había cierto refinamiento.
 
La vida de Clara no había sido fácil aunque sí pudo estudiar y gozar de ciertas comodidades, nunca estuvo a la altura de sus hermanas de padre. Ella se crió con su mamá, una secretaria del gobierno, que hizo malabares para mantener a su hija con un pequeño sueldo y la pensión del señor padre. Se las ingenió y pudo lograr que su muchacha, la Clara de su corazón, tuviera una buena preparación académica.
 
De más está decir, que Clara era la más inteligente de todas las hijas del señor. Por ello, cuando decidió estudiar medicina, no tuvo problema alguno en conseguir admisión en las mejores universidades locales y del extranjero. La residencia la hizo en Nueva York y precisamente allí conoció a Pancho, en una fiesta de amigos. Lo más sorprendente de su primer encuentro fue saber que eran del mismo pueblo y no se habían conocido. Tuvieron que embarcarse, salir de Borinquen, y en la Gran Manzana, toparse el uno con el otro.
 
Mientras esto pasaba, las hermanas se quedaron en la Isla haciendo sus vidas, de la mejor manera en que pudieron, criadas dentro del egoísmo y la codicia, la envidia y la maldad.
 
Por ello, cuando Clara y Pancho decidieron unir sus vidas, que bien pudieron hacerlo en el juzgado de la ciudad de Nueva York, pensaron ir al hotel de mayor relevancia en el pueblo y hacer su boda por todo lo alto. Entonces, con los preparativos y los ajetreos, lo que parecía una pequeña celebración familiar, se volvió en el evento del año para los moradores del pueblo.
 
Obviamente, las hermanas de padre no podían entender cómo podía contratar los salones del hotel, los servicios de la coordinadora de bodas y todos esos asuntos que ante la luz de sus ojos, costaban un dinero que Clara no tenía.
 
Muchas noches sin dormir estuvieron, tratando de descifrar cómo carajos Clara iba a tener la boda que ellas no tuvieron. Es más de las tres hermanas de padre, la primera se casó y su matrimonio terminó en divorcio, la segunda se casó y tuvo hijos, y la tercera, ah, la tercera, de ella no se sabe mucho que digamos. Su inseguridad y poca capacidad para enfrentarse a la vida, la hicieron bien huraña.
 
En el pueblo, que a pesar de tener ínfulas de ciudad seguía con las costumbres e ideas de antaño, en la que todo se sabía menos aunque guardaran las apariencias, las familias de
mayores privilegios sociales siempre tenían sus esqueletitos en el clóset. La del señor Ruperto no era la excepción, y eran muchos quienes sabían de las andanzas del don, con otras mujeres. Su esposa legítima era de las que pensaban que “la señora es la señora y la otra es la querida”. Los lleva y trae del pueblo la pusieron en aviso muchas veces, pero ella jamás accedió a ceder lo que por ley le tocaba y dejar el prestigio de su posición social.
 
Ir al beauty todas las semanas en la capital, tener una señora de servicio para los quehaceres de la casa, y hacer algún que otro bazar, para ayudar a los más necesitados. En eso se le iba la vida.
 
Por su parte, las hijas legítimas estaban siempre con lo último en la moda, bailes de sociedad, viajes al extranjero. La mayor cambió tantas veces de colegio que ya no había dónde ubicarla para que terminara sus estudios antes de ir a la universidad. La segunda tuvo más suerte y la tercera, hizo un grado en sabrá dios que ostia, para terminar casi ermitaña en un rincón de la casa de su madre.
 
De ellas, solo se acuerdan cuando hubo escándalos familiares, esas peleas épicas en las que de la casa sonaron par de tiros, y los vecinos quedaban estupefactos pensando que habìa ocurrido alguna desgracia. Las griterías, peleas y discusiones de escuchaban como si usaran un megáfono. Entonces, en más de una ocasión, hubo golpes en el matrimonio, se lanzaron cuadros, botellas y hasta quesos de bola, de esos holandeses que compraban en las islas cercanas cuando estaban de buenas y se iban de weekend en la lancha que tenían allá en la marina del Naútico.
 
Sin embargo, del lado de Clara, casi nadie se enteraba de sus pasos. Era muy discreta, tímida y quería salir del laberinto de emociones donde había crecido. Quizás por eso, estaba centrada en sus estudios desde pequeña. Su competencia era ella misma, y pudo desde temprana edad, trazarse una meta, no caer en lo mismo que la familia de su papá y menos, ser mujer de segunda categoría.
 
La carrera de medicina, la residencia y la especialización le tomaron tiempo, dedicación y compromiso y aunque por el camino aparecieron par de marchantes, no se apartó de su norte hasta ese encuentro con Pancho, allá en Nueva York.
 
Él, por su parte había obtenido una beca para continuar un postgrado en contabilidad y finanzas corporativas, así que no lo pensó dos veces cuando tomó la decisión de ir a la Gran Urbe. Estudió, hizo su práctica y se estableció, como joven profesional, en el camino que muchos sueñan. Todo esto, con el apoyo de sus padres acá en la Isla, el esfuerzo propio y una disciplina que le venía desde la cuna.
 
Pancho y Clara hacían una pareja increíble, y desde ese mismo momento en que coincidieron en la fiesta de aquella noche, en el apartamento de amigos mutuos, se hicieron inseparables. Eran decididamente almas gemelas.
 
Así que al tiempo se mudaron juntos, y comenzaron a auscultar la vida en pareja, con todo y profesiones complicadas, horarios irregulares, guardias en el hospital y cierres en la compañía.
 
Por acá en el pueblo, nadie sabía que estaban juntos, no había razón para que lo anunciaran a los cuatro vientos.
 
Todo fluyó con esa discreción hasta que llegaron unas navidades a visitar a la familia de Pancho y a la madre de Clara para decir que se casarían el próximo verano. Para ello, habían ahorrado una buena cantidad de dinero, y querían hacer la fiesta que jamás ninguna de sus dos familias habían tenido en la vida. Era más que una boda, el festejo del esfuerzo de los padres y los hijos.
 
Clara sabía que solo su madre estaría allí pues don Ruperto ya se había ido con los Panchos, y no pretendía invitar a las hermanas aquellas que le arrebataron lo que por herencia del padre le tocaba.
 
En la mente de la joven médico, todo marcharía bien. Así que aprovechando su estadía en la isla, fue junto con Pancho a hacer los trámites para la celebración de su unión. Como los padres de Pancho eran fervientes católicos, optaron por hablar con el párroco del pueblo. Luego de una reunión de esas en que terminas pagando para que te casen, el sacerdote y los novios pusieron fecha.
 
Entonces, decidieron celebrar la recepción en el Hotel Las Palmas, que por más que dijeran, era el lugar dónde se reunía lo más granado del pueblo y de los barrios circundantes. Había varios salones hermosos y entre ellos, escogieron uno que por un lado miraba a los jardines del hotel, y por otro al mar. Todo muy tropical y hermoso, parecía de postal de esas de bodas de destino.
 
Sabían que tendrían varios meses para cuadrar lo de este acontecimiento y que, aunque trataran de mantenerlo discreto, siempre se colaría alguno que otro comentario. Eso pasa siempre.
 
Despidieron el año en familia, y ya tenían ambos que regresar a Nueva York. El frío los esperaba, el trabajo, su apartamento, y entre todos los ajetreos, seguir con los preparativos de la boda.
 
Clara estaba decidida a usar un vestido de algodón orgánico y crochet, algo que posiblemente no sería común entre las opciones de las novias de su pueblo, que siempre emulaban las de otros climas. Todo sería sencillo, elegante y optó por el color hueso combinado con plateado para la ambientación del salón, la terraza y la entrada. De esos detalles se encargaría su mamá con la coordinadora de bodas, su amiga Pau. Pancho usaría guayabera blanca, de hilo, con pantalón crema. Así lo habían acordado en tantas conversaciones previas.
 
Ambos sabían que los meses se irían volando, entre los planes y el trabajo, cuadrar un tiempo en Puerto Rico y, al menos una semana de luna de miel, en Barcelona. Nada complicado, para retomar sus profesiones, seguir haciendo planes, auscultar la posibilidad de relocalizarse fuera de la ciudad, quizás tener familia. Eran jóvenes, estaban ahorrando y ese primer paso, el matrimonio ya estaba debidamente presupuestado, con los mejores consejos de Pancho.
 
Tuvo que ser la florista la que le comentó a una de las hermanas de padre de Clara, que habría boda ese verano en el hotel Las Palmas. Matilda, así se llamaba la mayor de las hijas de don
Ruperto, tuvo un ataque de histeria al enterarse que Clara iba a casarse en el hotel donde solo las hijas de bien podían hacerlo.
 
Si el ataque de histeria fue fuerte, el llantén y los lamentos no se hicieron esperar cuando le contó a su madre, sí a la esposa oficial que nunca aceptó que su difunto marido hubiera reconocido a Clara como su hija.
 
A decir verdad, poco se habían preocupado por la muchacha, a quien le habían ocultado que tenía una herencia dejada por su padre.
 
Entonces, las hermanas de padre sin saber cómo se sufragaba la boda, decidieron ir a una vieja espiritista y bruja a ver si podía hacer algún hechizo para arruinar la celebración del matrimonio de Clara con Pancho. La justificación para esto: Clara no era de la misma alcurnia de ellas.
 
La Espiritera Bruja, que por años gozó de cierta suerte con las barajas y los mejunjes, ya había perdido un poco de su arte. Con los años se confundía, y el hechizo lo mismo salía bien que salía mal. Así que era pura suerte que algo saliera como planificaba en sus siete potencias del Indio, la vela de San Judas y hasta la del divino Niño.
 
Le dio como asignación a las hermanas Matilda, Lillian y Marta, que buscaran una foto del vestido de novia que usaría Clara, una foto del novio y otros artículos relacionados con la boda. ¿Cómo carajo lo iban a lograr si estaban por acá y ni puta idea tenían del traje ni de dónde vivía Clara?
 
Se les ocurrió, con ayuda de una tía paterna de esas bien presentá que creen que todo lo saben y si no lo inventan, que buscando una foto de un traje más o menos de moda tendrían. Supusieron mal que sería como lo que usan las novias convencionales, y que hasta su luna de miel sería en un crucero por el Caribe. Todo, entendían que sería low budget.
 
Para hacer el embrujo, el emborujo y el hechizo se reunieron con la vieja espiritera y bruja, llevaron la foto del traje que no era, ofrecieron los datos que no necesariamente eran ciertos, dijeron acertadamente el lugar de la boda y el nombre de Clara.
 
Pusieron a disposición de la vieja espiritera el dinero convenido para hacer que fracasara el casorio y le pidieron un detalle especial, la intervención del fenecido don Ruperto, para que confabulara con ellas desde el más allá.
 
Aquí, como decía mi abuela, la puerca entorchó el rabo. Lo que no sabían Matilda, Lillian y Marta era que su papá tenía un cariño especial por Clara, sabía que era una chica inteligente que podía llegar lejos. Ella le demostraba más afecto que las otras hijas, aún cuando enfermó. Ella siempre estuvo cerca y él se enorgullecía de saber que se inclinaría por la medicina. Por ello, aún pasando la pensión correspondiente, le puso un fondo especial por si acaso necesitaba dinero y sus hermanas no le entregaban su herencia. Esto lo hizo callado, sin que los demás se enteraran.
 
La bruja espiritera hizo lo que más pudo, se enredó en el lío del traje que no era, las hermanas le dijeron cuanta barbaridad se les ocurrió y luego de una invocación a todos los espíritus con
abracadabras y veinte vueltas, par de velas colorás y un mejunge de esos que no se sabe qué contiene, preparó el hechizo, que entraría en vigor el mismo día de la boda.
 
Eso de que la vieja bruja tomara pitorro antes del proceso, le turbó la mente. En vez de don Ruperto, invocó a Benito y a Crispín, y en la confusión de palabras, machacando lo del traje en un mortero, salió el espíritu de don Ruperto apoderándose de Benito, y como en todos los barrios hay un borrachito que las enlió y ni se dió cuenta que se había muerto, Pichín que era el de allí le cedió el espíritu a Crispín.
 
Por eso, el día de la boda, que se celebraría al atardecer, Benito que se suponía que estuviera bregando en el cerca´o, allá con Crispín, le dió con escaparse, rumbo al hotel Las Palmas. Por más que quizo contenerse, Crispín se le fue detrás, como poseído por algo más fuerte que él. Posiblemente era el pitorro en conexión con el más allá.
 
Caminaron, es más, corrieron para llegar a tiempo y no perderse la celebración pues la parte religiosa, sería más privada. Ellos aparecerían allí como unos wedding crashers, total eso estaba medio de moda, siempre aparece uno que otro cachetero. Cuando llegaron, se dieron cuenta que no eran los únicos colaós en el festejo pues las tres hermanas arpías se habían tirado la tela para ir a ver la boda a la que no fueron invitadas.
 
Clara lucía radiante, su vestido hermoso, delicado, con esos aires de Carolina Herrera, que jamás sus hermanastras podrían lucir. Pancho, por su parte, enamoradísimo de Clara, guapo, alto, esbelto, llamaba la atención presencia.
 
Bailaron su vals, bailaron su música y de momento la algarabía entraba por los jardines que llevaban al salón. Benito y Crispín causaron un estruendo con su llegada, y al querer detener el ímpetu con el que entraron, empujaron de zopetón a Matilda, Lillian y Marta, las otras wedding crashers, que con todo y que se pusieron galas a tono con la boda, del susto cayeron sobre una mesa de entremeses, y tuvieron que ser removidas del lugar por guardias de seguridad del hotel. Las caras aparte de crema de queso, aceitunas, cortes fríos, llevaban la vergüenza de quien se presenta sin ser invitado.
 
Benito y Crispín tuvieron que ser cochados fuera del área, por par de vaqueros que los siguieron tan pronto se escaparon del cerca´o, sí porque esos toritos corrieron carretera abajo como poseídos, uno por don Ruperto y el otro por el borrachito Pichín.
 
Han pasado muchos años y todavía la boda de Clara y de Pancho, los hace reir a carcajadas. No solo por las caras embarradas de las hermanastras sino por los dos toros que llegaron para ver de cerca una boda.
 
De seguro a la vieja espiritera le retiraron las licencias y los conjuros porque después de este maleficio mal preparado, se debió dedicar a preparar pitorro.
 
Lo próximo que supimos del toro Benito fue que se volvió a escapar, esta vez se metió en la gallera y hasta los gallos de pelea salieron alborota´os.

Fin.