El perro y el mar de Eric Flores Taylor

¿Sabes qué, perro? Eso que dicen de ustedes es verdad. Lo de que son los mejores amigos del hombre. Pero nosotros no somos una buena opción para entablar amistad. Nunca debí traerte, perro.

Debí dejarte atrás, en la ciudad, donde hay latones de basura para husmear. Donde la gente, a veces, tira sobras a la calle. Donde, quizás, podrías encontrar a otro borracho como yo, que te d su comida y te acaricie un poco, porque le recuerdas una familia que tuvo y ya no existe.

Incluso podrías conseguir una casa donde vivir. Para ser sato no eres feo, perro. Sin embargo, te traje y tú viniste sin protestar y yo te di mi comida y mi agua y tú me salvaste y tal vez, me vuelvas a salvar, pues el mar es grande y ni tú, ni yo, sabemos lo que nos espera antes de llegar o antes de que nos encuentren y nos recojan, si es que lo hacen.

¿Te acuerdas cuando salimos, allá por la playa del chivo? ¿Recuerdas la cantidad de balsas, botes y cuanta mierda se inventó para flotar en el agua? ¿Y la gente? La muchedumbre, el gentío, la masa humana lanzada a la conquista de las 90 millas ¿Cuántos quedarán ahora? Todos vagamos en este mar de desengaño y desaliento. Vagamos sin rumbo, sin brújula, ni propulsiones. Vagamos olvidados en este estrecho; pequeño, sí, pero tan inmenso que es capaz de tragarse un país entero sin siquiera pestañear.

La primera noche fue la peor. El día anterior caminamos medio municipio buscando una zona donde hubiera luz. Luego esperamos en la acera, junto a la ventana de una casa, para escuchar el parte meteorológico. Yo estaba seguro de que no iba a ver marejadas peligrosas y sin embargo, nadie está preparado para esa primera noche en mar abierto.

Las olas son indetenibles y lo único que puedes desear y esperar de ellas es que sus crestas no te arrastren, ni te vuelquen esos pedazos de tablas que nos separan del más negro abismo. Yo creo que tú sientes lo mismo que yo, perro. Por eso no tengo que explicarte la sensación que sufrimos al montar en un elevador. ¿Sabes a qué me refiero? El estremecimiento en el estómago y en ocasiones, cierto malestar que asciende por la garganta y nos llega al cerebro, como si quisiera recordarnos que no estamos hechos para esos movimientos verticales tan bruscos, como si quisiera reafirmar la existencia de esa ley de gravedad que tanto nos gusta quebrantar.

Sí, eso mismo fue lo que padecimos con la primera, con la segunda, con todas y cada una de las olas que nos sorprendieron al caer la noche. Después que el sol desaparece, la planta baja del océano, donde flotábamos ignorantes de la aterradora verdad, se torna un oscuro terreno del más negro granito. Las salpicaduras aún bañan tu cuerpo, pero la piel, quemada, rostizada durante el ardiente día, apenas es consciente de las húmedas caricias y el agua es entonces algo prohibido, maldito, peligroso.

Sientes como todo tu ser la rechaza. Tu instinto de supervivencia clama por tierra, tu consciencia, tu subconsciente, tu psiquis, tu corteza, tus lóbulos, tus neuronas, tú… lloras anhelando la sensación de pisar una superficie que no oscile bajo tu peso, que no se hunda en la oscuridad, que no humedezca tus plantas, una superficie que no sea mar.

Y llegan las olas. La poca cordura que quedaba en ti determina abandonarte, pues estas no se parecen en nada a los inocentes embates que durante un ciclón tropical cubren las avenidas costeras. Sin saber cómo, sin sospechar en que momento iniciaron su construcción, paredes de agua salobre se alzan alrededor de ti. La oscuridad no te permite verlas, pero sabes que están ahí. Solo tienes que estirar la mano y tocarás los muros. No lo haces, no te atreves, tienes miedo de lo que puedas acariciar cuando atravieses las líquidas murallas.

Perro, tu sabías lo que nos aguardaba del otro lado. Mientras subíamos en aquel ascensor acuático, ladrabas sin parar para alejar al terror tras las cortinas de humedad. Ese terror que me costó buena parte de mi provisión de alcohol. Ese cuya presencia invisible mantuvo a raya embriaguez y sueño por igual. El que nos deja a ambos despiertos y sobrios durante toda la madrugada.

Entonces, cuando pensé que el desplome de las murallas era inminente, cuando nos creí condenados; entonces, nos sorprendió el sentimiento de elevarnos metros y metros por encima de la posición inicial. Piso tras piso, escalando de manera involuntaria los volubles rascacielos del oleaje, nuestros cuerpos se inclinaron en ángulos cada vez más indeseables, cual ascendente columpio sin retroceso.

Poco a poco, casi con cariño, los objetos de la balsa se fueron recostando a un lado, como si no quisieran estorbar la meditación de estas mentes trastornadas. Rodaron cuesta abajo por la pequeña pendiente ofrecida por las tablas, indicando en su caída el sentido de la profundidad dejada atrás. Contrarios a ellos, nosotros buscamos la empinada proa, alejándonos del vació, dándole la espalda al aterrador sótano de la torre acuática.

Alcanzar la cresta de las olas es un breve reposo para las emociones sufridas. Reconocer las estrellas sobre nuestras cabezas, respirar un aire limpio del desagradable rocío marino, es recobrar los deseos de vivir. Una luz nos cegó de repente, ¿recuerdas? Y yo volteé hacia mi espalda y vi el faro. No el de los turistas, no el de las postales y afiches de publicidad, no. Vi el faro como es en realidad, como debieron verlo alguna vez los marinos perdidos en este infierno oceánico. Vi salvación, vi esperanza, vi guía, protección, amparo. Y nada más.

Y entonces, recordé porque me decidí, porque me arrojé a esta aventura suicida. Por la oscuridad. La oscuridad detrás del faro, la oscuridad en las calles, en las casas, en la gente, en mí.

*******

Cuando la noche consume tu interior ya no hay marcha atrás, perro. Cuando la oscuridad llega, la humanidad desaparece y no regresa jamás. Las personas dejan de ser lo que eran. No más ser humano, no más hombre. Tus acciones borran los títulos universitarios en la memoria de quienes te conocieron. Dejas de ser vecino, maestro, esposo. Tu hija cambia la mirada en medio de la calle, simula no haberte visto, reniega de ti delante de sus amistades y ni todo el alcohol del mundo es capaz de aliviar el dolor que has causado, el dolor que deberías sentir.

Razas como la tuya nunca experimentan algo así. Agradece, perro, por haber nacido perro. Hay muchas formas de oscuridad con la hegemonía para consumir un corazón. En mi caso, las sombras se negaron a sentir piedad, se negaron a sentir nada. Anestesiado todo mi interior, aún ahora continúa adormecido, aletargado, insensible, inservible. ¿Qué experimenté al gastar los salarios que apuntalaban nuestra existencia? ¿Cuáles fueron mis sensaciones al asaltar los ahorros de años? ¿Acaso sufrir alguna emoción el día que subasté los muebles de la casa, la ropa de mi esposa y la mía, los juguetes de la niña?

Dime, perro, respóndeme, ¿crees que después de tantos años, puedo llorar? Cuando la oscuridad te consume no hay marcha atrás. No soy el único, perro, no, no lo soy.

Ellos también traían consigo sus propias tinieblas. Durante la noche es imposible ver a tus compañeros de travesía, los rascacielos de humedad lo impiden. Mas, en la mañana, descubres improvisadas embarcaciones quebrantando la soledad de la llanura acuática. Esta corriente no es exclusiva, esta ruta no es propiedad privada, esta fantasía no es privilegio de un borracho y su perro. Ahora lo sabes.

Tiempo después, cuando el sabor amargo de la bebida consigue reanimar las pocas neuronas que nos quedan, comprendes más de lo fuiste capaz de percibir en aquel momento de ilusoria sobriedad. Y recuerdas, ¿qué más puedes hacer perdido en el infinito? ¿Evocar, rememorar, revivir…? No, revivir nunca.

La madera cruje, se astilla, la podredumbre devora su interior. El mar penetra por diminutos orificios de insectos, pudre el corazón de las tablas y hace nacer el terror en los infelices navegantes. «¡Me hundo!» «¡Tengo un niño!» «¡Ayuda!» Silencio, pequeños marineros, sus voces pueden despertar al perro, pueden sacarme del letargo de la resaca. Y lo que es peor, sus voces pueden atraerlos a ellos. Y ellos, traen sus propias tinieblas.

Ellos reconocen la necesidad ajena, olfatean debilidades, otean buscando a los desfallecidos. En sus oídos los gritos de socorro son irresistibles llamadas y cual plaga egipcia acuden a devorar el trigo. Traen garrotes hechos con leños empapados, traen negros cuchillos como anacrónicos piratas, traen crueldad suficiente para opacar al mar. Traen la oscuridad.

Empujan, golpean, derriban de las embarcaciones. Sumergen con porrazos a los supervivientes, se adueñan de las pocas provisiones. Luego, cual escarabajos peloteros agregan las balsas a su flotilla de despojos y continúan el trayecto. A las tinieblas no le importa edades, ni sexos. Ellos son así, son una fuerza de la naturaleza que toda sociedad intenta sepultar. Sin embargo, siempre queda a la superficie, a merced del vaivén de las olas, meciéndose en las aguas como esos cuerpos maltrechos que se niegan a hundirse en las profundidades.

Entonces, nos ven. Un borracho, una presa fácil, uno más para abastecer su incansable sed de opresión.

Contigo no contaban, perro. Con tus ladridos de alarma, con tus colmillos, con tu actitud feroz. Yo sé que fuiste tú quien me salvó y no lo efímero de nuestros suministros, ni el mal estado de la embarcación. Venciste a la oscuridad, intimidaste a los garrotes. Fueron tus gruñidos los que alejaron las tinieblas, no el batir de la marea, ni las sacudidas del oleaje. ¿Qué fuerza usaste para ahuyentar las sombras? ¿Cuál fue la magia que consiguió obrar el milagro? ¿Dónde escondías tus secretos? No lo sé y no importa. Solo sé algo: tú me salvaste, perro.

Por eso es para ti la comida y el agua que traje conmigo. Por eso no hice como otros borrachos y nunca permití que bebieras de mi veneno. Por eso, una vez más, me arrepiento de la decisión de traerte. No, perro, no debí traerte. Tú mereces más de lo que puedo darte, mucho más de lo que pueda esperarnos, allá donde terminan las olas.

*******

Si la inmensidad del mar te reclama y se niega a soltarte, todo lo demás es irrelevante. El paso del tiempo se torna difuso. No existe reloj capaz de marcar el ritmo del oleaje, la cadencia de la desesperación, la zozobra de las provisiones consumidas, las noches aterradoras, los naufragios y sus restos corrompidos por la sal y sus bultos flotantes y los que se perdieron en la profundidad y los que emigraron de la costa en alegres despedidas y los que ya debían haber llegado y se comprometieron en llamar y los que nunca llegaran y los fardos que vagan por el océano con formas reconocibles y los que tienen brazos y piernas y rostros familiares ocultos por el vaivén de cabellos remojados y de los que nadie volvió a saber jamás.

Contar no tiene sentido, perro, excepto cuando llega el clímax del espectáculo y el final se trasluce entre las líneas de los comediantes. Contar no afecta el resultado, a menos que ya se haya agotado la última gota de alcohol, a menos que estés tan sobrio que es casi como si estuvieras borracho otra vez. Entonces, comienzas a contar. Cuentas ligeros golpes contra las tablas de la balsa, cuentas aletas erguidas, erectas, aletas que traspasan la superficie, aletas rodeando el perímetro, aletas que se acercan, aletas que se hunden, aletas dorsales y abismales.

Nunca debí traerte, perro. Tú no mereces esto. Tú mereces algo más, mucho más. Mereces vivir en una mansión llena de objetos valiosos, ascender escaleras de mármol, entrar en una habitación, tumbarte sobre la cama junto a tus semejantes y esperar la transformación que tiene lugar en un armario tras la puerta clausurada.

Cualquier cosa es mejor que esto, perro. Encontrar una fortuna en la arena, traicionar, condenar a tu dueño. Sodomizar a una mujer infiel e interesada, filmado durante el acto, objeto de chantaje. Vagar por las calles de la ciudad en busca de crímenes espeluznantes, hallar un sirviente sumiso que se deje guiar, consumido poco a poco por los horrores presenciados, eres tú el amo, él, la bestia amaestrada. Avanzar hasta el muro de la bahía, extrañar, ser extrañado a millas de distancia. Presenciar una riña legendaria, apostar tu alimento a uno u otro oponente, disfrutar cual público de gladiador anfiteatro. Vivir en las imágenes de seguridad de una terminal aeroportuaria, ser los oídos de alguien corroído por su vida, sus acciones. Incluso es mejor morir devorado. Incluso es mejor terminar tu existencia en la enorme barriga de un acaudalado empresario.

Vengan makos, vengan galanos, dentuzos, toros azules, jaquetones de ley o ilícitos. Vengan y traigan desde la profundidad sus propias oscuridades, sus tinieblas. ¡Aquí hay un perro que no les teme! ¡Un perro que los espantó una vez y lo hará de nuevo! ¡Un perro, carajo…! Un perro que puede ser destruido, pero no derrotado… un perro… y yo…

Discúlpame, perro, nunca quise que terminaras así. Y sin embargo, tú lo sabías. Siempre lo supiste, desde el mismo momento en que nos conocimos junto a la basura amontonada de una esquina. Reconocer la oscuridad en mí no te costó trabajo, olfatearla, sentirla desbordarse por los poros saturados con dos moléculas de carbono, cinco de hidrogeno, una de oxígeno. ¿Fue coincidencia o tu naturaleza gentil reclamaba mi existencia? No lo sé, perro. Mas, sí estoy consciente de que sin importar los peligros, volverás a salvarme como ya lo hiciste una vez.

Ven, perro, camina sobre mí, apoya tus patas en mi pecho, lame con tu lengua el sol y la sal que desgarran mi rostro, agita tu cola una última vez, hazme saber que hay luz más allá de las olas. Ven, perro, y siente el cariño que le negué a los míos. Ven y sálvame mientras las tinieblas golpean la madera como quien llama a la puerta, una, dos veces, diez, mil si es necesario. Ven y perdóname por lo que voy hacer, pero no hay más remedio. Eres tú o yo.

—«Nunca debí traerte, perro» —pienso y en el último momento, comprendo que no es verdad.

Ahora sé que repetiste tu hazaña, que la oscuridad no es rival para ti, ni siquiera la mía. Y puedo verlos asustados por el estruendo de un cuerpo cayendo en las aguas, a solo un metro de distancia del bote. Se alejan por un instante, pero volverán, volverán por las sacudidas en la superficie, volverán por la carne que se les ofrece en sacrificio para salvar una vida, para que dé tiempo a la llegada del guardacostas.

El sol brilla sobre nosotros, perro, sin embargo el agua se siente tan fría. Braceo alejándome de ti, atrayéndoles. Braceo de espaldas, pues no quiero perderte de vista. Quiero recordar tu imagen en la balsa, con tus patas sobre la borda, con tu lengua emergiendo a través de una sonrisa cómplice. Y cuando el primero de ellos choque conmigo, cuando su piel lijosa resbale por la mía y sus rasguños me hagan sangrar, entonces, te miraré y finalmente, la oscuridad se irá. Me habrás salvado, perro.

 

«Habana, 16/abril/2013, 14:48»